Una historia donde aparecen: ¡fuego!, ¡náufragos! y ¡tiburones!...


Laura Arellano

Hace dos meses, un grupo de misioneros nos preparamos para visitar el reclusorio de Isla María Madre, por tercera ocasión; salvo el medio de transporte para llegar ahí, nada era distinto. Esta vez viajaríamos en barco, y a pesar de que era un barco de la marina que llevaba más de cincuenta años haciendo ese recorrido, no pudimos evitar que nos diera un poco de escalofríos. Cuando estábamos a bordo, luego de un sinnúmero de contratiempos, buscamos recostarnos y dormir.

Nos preparamos para estar en la isla por dos semanas. El equipaje era mucho, pero las ganas de estar con ellos de nuevo, escucharlos y compartir cada momento, eran más. Ese lugar no sólo transforma a los internos, sino que también marca a cada misionero, para siempre.

En el barco viene también la familia de los internos, éramos alrededor de 130 personas entre civiles y marinos. A las tres y media de la madrugada del jueves 2 de julio, empezó a sonar la alarma de incendios, y en unos minutos, lo que inició como una nube de humo, terminó en un terrible incendio que nos obligó a saltar del barco. Los marinos tenían todo bajo control, en una balsa sacaron a todos los niños primero y luego de darnos indicaciones, como la de dividirnos en dos (los que sabíamos nadar y los que no) y la de quitarnos los zapatos y los calcetines blancos porque atraen tiburones, ellos nos subieron a las balsas, que se levantaban como un metro sobre nuestras cabezas. Cortaron las amarras y nos alejaron remando del barco en llamas.

Luego de doce horas de espera, hubo muchos momentos para reflexionar, y creo que lo más importante es descubrir que al final –o en lo que sentimos casi como el final- la persona se da cuenta, yo me di cuenta que el fin de la existencia, de MI existencia podría ser LITERALMENTE en cualquier momento. Y que de hecho, podría morir ahí ¿por qué no? ¿por qué no podría morir en medio del Océano Pacífico, junto a un barco en llamas, con tiburones rodeando la balsa? ¿por qué no?
Claro que hubo otros pensamientos, una alegría repentina e inmensa por sentir que en poco tiempo vería a Dios, por ejemplo. También agradecí que mi mamá me hablara todo el tiempo de la muerte como algo que, eventualmente, tiene que suceder. Y que es un paso que debe representarnos una gran emoción pues es “El-Momento” de encontrarnos cara a cara con Dios. Por eso en casa, nos despedimos asegurándonos de que todo queda en paz entre nosotros, siempre, “por si algo pasa”. Esta vez, estuvo muy cerca de que algo pasara (ellos no lo sabían todavía, por supuesto) pero yo estaba muy tranquila.

Que nuestro barco se haya quemado, que fuéramos por doce horas náufragos, que nos rodearan tres tiburones, que hubiéramos perdido todo en el incendio y que, a pesar de todo lo anterior, los misioneros nos quedáramos en Isla María Madre por quince días era inexplicable para los internos que visitábamos y cada uno nos preguntaba ¿por qué te quedaste? Y cómo es Dios, estas cosas que pasaron y por las que nosotros no hicimos nada más que sobrevivirlas, Dios las planeó para que la misión fuera un éxito, para que el testimonio que traíamos fuera simple y sin complicaciones; para que entendiéramos que no éramos nosotros los que estábamos llevándoles a Dios, sino Dios el que nos estaba llevando a nosotros.

Pasé mi cumpleaños en las Islas Marías y me di cuenta, que no podía tener mejor regalo que la totalmente nueva perspectiva de mi vida, y de la vida (sí, el mundo me sigue pareciendo atemorizante, pero ahora estoy SEGURA que hay un plan para mí, como lo hay para cada persona humana en el mundo y que sólo Dios basta)

No pensé nunca en despedirme de nadie, y no pensé en las cosas que me faltaron hacer o dejé de hacer… para mí, era muy claro: Si Él permitía eso y más aún, si hubiera permitido que muriéramos era evidente que nuestra misión había acabado, estaba cumplida y no hacíamos más falta. Para ser honesta morir en ese momento, no sonó tan terrible… ¡sí, se acababan todas las cosas buenas! Pero también las responsabilidades y las angustias; los dolores y las luchas… la muerte desde donde creo haberla visto parecía sencilla… aterradora si no estás lista, pero simple. Llena de todo un Reino que uno no puede conocer vivo.

Pero no morí. Y ahora, me siento capaz de hacer cualquier cosa que se necesite, porque estoy aferrada a Su dedo pulgar… Confío plena y absolutamente; no temo más (bueno, un poco miedo al miedo)… Sé que cualquier cosa que ponga en mi camino, cualquier cosa, será bien lograda cuando es en su Nombre y para su Gloria. ¡Claro que me sigo peleando y sigo tratando de “negociar” con Él! Y aún le ruego que sea más claro cuando quiere algo ¡más ahora que sé que puede hacerlo! Sí, sigo siendo yo, pero una yo que está dispuesta a creer y confiar con todo mi corazón y toda mi inteligencia, en Él.

 

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